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martes, 27 de marzo de 2012

Un día en el coloegio "Francisco Bolognesi"

Cada día voy a estudiar a mi Colegio Francisco Bolognesi y llevo una experiencia nueva, nuevos conocimientos me esfuerzo para que cada dia sea mejor que antes ,con mis compañeros disfrutar las clases de mis maestros con buen nivel academico para que en el futuro seamos hombres de bien ,estudiamos en una buena infraestructura y asi cada dia vivimos nuevas experiencias.

martes, 20 de marzo de 2012

Mondo Mini Shows Web Originals - Shard At Work

Happy Tree Friends - Out On A Limb

Sincera Confesion- Arturo Zambo Cavero

dijiste adios - arturo zambo cavero

Zambo Cavero - Contigo Perú

EL FANTASMA DE LA MINA CERREÑA

Posted: 28 mayo 2009 in LEYENDAS
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MUERTO VIVIENTEEs sabido desde siempre que en las negras oquedades de los socavones mineros, habita una interminable cáfila de espectros espeluznantes, muquis, jumpes, almas en pena, fantasmas, trasgos, duendes y gimientes seres de ultratumba que vagan solitarios y quejumbrosos por las galerías de la bocaminas, de los farallones, de los “stopes”, de las escaleras. La experiencia de los viejos mineros sentencia que uno nunca debe aventurarse solo por aquellas galerías oscuras bajo el riesgo de darse cara a cara con uno de estos personajes misteriosos, llevándose una lacerante sorpresa y peor recuerdo. Esto es lo que le aconteció al hombre que mediante su trabajo incansable, llegó a amasar una colosal fortuna que a fines de la colonia lo convirtió en el hombre más rico del Perú: Don Manuel Fuentes Ijurra.
Enamorado de los inextricables misterios de la mina, gustaba recorrer los socavones sin ninguna compañía, salvo la de su lámpara minera. Se extasiaba a la sola contemplación de un inacabable florecimiento de fascinantes cristales subterráneos, semejante a mágicos jardines de luces y reverberos, rojos cristitos de arsénico, gualdas alimonados de cinabrio, ambarinos y topacios de silicatos; verdosos cupritos en su infinita variedad de dorado rojizo; magnetitas negras y hematitas rojas, todo en una alucinante sinfonía de colores que Ijurra hacía jugar con las luces pendulares de su lámpara.
Una noche que deambulaba solitario por estos pasajes subterráneos, oyó una fuerte detonación seguido de un ruido indefinible, como de gente avanzando hacia él con el bullicio de turbamulta cada vez más intenso. Armándose de valor decidió afrontar la invasión que no alcanzaba a distinguir. Gritó con todas las fuerzas que le daban sus cerreños pulmones:
—¡¿Quién anda ahí?!… ¡Identifíquese!… ¡¡¡¿De esta vida o de la otra?!!!… – la pregunta aumentando sus dimensiones, retumbó en la oscuridad. Luego de un silencio sobrecogedor, su lámpara iluminó un negro espectro que avanzaba hacia él con paso cansino. Con el fin de ganar la iniciativa, tragó saliva y volvió a gritar: – ¡¡¿Quién eres tú que osas atacarme con tu gente?!!-
— Soy un minero como tú, y como tú también estoy completamente solo – Respondió una voz cavernosa y profunda, cargada de misterios- Debes saber que yo soy el primer minero que llegó al Cerro de Pasco y al ver tantas riquezas en sus vetas prodigiosas, sin reparar en lo que decía, me atreví a pedirle a Dios que nunca me apartara de estos filones y me dejara trabajar hasta el fin del mundo. Desgraciadamente, Dios Todopoderoso escuchó mis palabras, que no eran un pedido sino una alabanza a tanta riqueza, y en cumplimiento de mi deseo me condenó a seguir por centenares de años una sola y misma veta. Y aquí estoy cumpliendo mi condena, acompañado de este regimiento de fantasmas que no son sino las almas de todos los mineros que quedaron sepultados en la mina. Yo ya no tengo familia y nadie me reconocería si me viera…
— ¡Déjame ver tu cara! –Se aventuró a pedir Ijurra- pueda que yo te reconozca o encuentre un rasgo de familia…
Al oír el pedido, el espectro desembozó la negra capa que lo cubría y dejó ver su faz del tamaño de un puño, reseca como una hoja muerta y arrugada como una esponja, cubierta con una vetusta gorra minera. Ijurra enmudeció. No pudo articular palabra. Volviéndose a cubrir, la tétrica aparición dijo:
— No me conoces – avanzó unos pasos más y dijo- Seguiré persiguiendo mi veta por los siglos de los siglos. Mi condena concluirá cuando termine la vida.
Nuevamente esbozado con su capa de siglos, el espectro avanzó lentamente hasta que la oscuridad tragó su imagen y el ruido tenebroso de su séquito de muertos dejando un silencio sobrecogedor en la mina. Desde entonces –aseguran los que lo conocieron- Manuel Fuentes Ijurra jamás volvió a vagar por las galerías subterráneas. No lo hizo ni cuando las aguas inundaron sus ricas galerías. Prefirió perder toda su fortuna y morir pobre a toparse nuevamente con el fantasma de la mina cerreña.

EL CURA SIN CABEZA

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Hace muchísimos años, en los linderos de Chaupimarca y Yanacancha –camino a Pucayacu- por donde transitaban los viajeros que iban a Huánuco, había aparecido un espectro terrible que tenía atemorizado a los caminantes. Era un cura sin cabeza que deambulaba por la zona desplazándose por los aires a considerable velocidad. Todo era que descubriera a un transeúnte o un grupo de ellos cuando inmediatamente se aparejaba y deslizándose por los aires –como si volara- los acompañaba un buen trecho que al verlo se inmovilizaban de terror. Cuando estos quedaban atónitos, el cura cuya negra sotana ya estaba raída y desprendiéndose en flecos -no sabemos cómo- la emprendía a grandes puñadas, a manera de zarpazos desordenados y fieros, destrozando la cara y cuerpo de sus víctimas; cuando éstas, salvajemente desjarretadas yacían muertas, se alejaba emitiendo lúgubres ronquidos guturales.
Muy pronto, la zona dejó de ser transitada por los peregrinos. Los pocos que tuvieron la osadía de aventurarse, fueron desmontados de sus cabalgaduras y cuando aterrorizados huían a campo traviesa, se convertían en presa de las inmisericordes garras del cura asesino.
Un día que por razones de trabajo, un operario de los ingenios de Carmen Chico, tuvo que pasar por el fatídico lugar, apenas cerrada la noche, fue acometido por el cura sin cabeza que se ubicó a su altura. El hombre, al sentir la presencia del espectro, se armó de valor y cogiendo con todas sus fuerzas un crucifijo de plata que siempre llevaba consigo, comenzó a rezar, contrito, esperanzado y lleno de fe:
- Señor de los Señores. Rey de Reyes. Justo Juez Omnipotente que siempre reinas con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, líbrame como libraste a Jonás de la ballena. Estas grandes potencias, estas grandes reliquias y santa oración me sirvan para poder defenderme de todo; de los vivos y de los muertos; para sacar los entierros por difíciles que sean sin ser molestado por los espíritus o apariciones. Tú, Justo Juez que naciste en Jerusalén; que fuiste sacrificado en medio de dos judíos, permite ¡Oh señor!, que si vinieran mis enemigos –cuando sea perseguido- tengan ojos, no me vean; tengan boca no me hablen, tengan manos no me toquen, tengan piernas no me alcancen. Con las armas de San Jorge seré armado, con las llaves de San Pedro seré encerrado en la cueva del león, metido en el Arca de Noé para salvarme; con la leche de la virgen María seré rociado; con tu preciosísima sangre seré bautizado. El Santo Juez me ampare; la Virgen María me cubra con su manto y la Santísima Trinidad sea mi constante escudo. Amén”. –Al terminar la oración y armado de valor levantó la voz blandiendo el crucifijo y gritó:
- ¡¿De esta vida o de la otra?!…¡Te ordeno que me lo digas! –al oír estas palabras, el cura sin cabeza que le rodeaba con sus conocidas intenciones cayó de rodillas empalmando sus manos como pidiendo perdón. Entonces el hombre comprendió que aquel era un cura condenado al que siguió hablando de esta suerte:
- ¡Comprendo que estás cumpliendo una condena. Pero como no puedes hablarme, sólo te ordeno que me señales el lugar donde tienes enterrado u oculto tu pecado!.
Al oír esta orden, nuevamente el cura se elevó y con las manos le indicó que le siguiera. El caminante, armado de valor siguió al espectro que llegando al cementerio colindante con la iglesia de Yanacancha, señaló un montículo semejante a una tumba. El hombre cavó en el sitio señalado y en lugar de un ataúd halló un cofre con monedas de oro, alhajas y otras joyas.
- Está bien dijo el hombre- mañana mismo te mandaré oficiar una misa en esta iglesia pidiéndole al señor que te perdone, porque entiendo que estos tesoros, son los que amasaste robándoles a los fieles y creyentes.
Al oír la promesa, el cura sin cabeza, se alejó como un globo, perdiéndose en la oscuridad de la noche. Nunca más molestó a los caminantes. El temerario obrero compró una mina, se hizo rico y vivió feliz el resto de sus días, gracias a su empeñoso valor.
En las minas del Perú, al Tío se le conoce como Muqui o Tayta Muqui. Este nombre se utiliza cuando el año de trabajo en el socavón ha sido próspero. Pero cuando las cosas no marchan bien y la crisis económica asoma, cambian por el nombre de Zupay (o Supay). Si la mala fortuna continúa y situación empeora aún más, lo llamaban Anchanchu; o "El Arrierito", si la crisis parece insuperable.
Cuenta la leyenda que es un duende minero; lo describen como un ser mágico, pequeño, de no más de cincuenta centímetros de altura. Muy fornido pero desproporcionado, su casa son los socavones de las minas, es el dueño de ellas y del destino del que entra.
El Muqui no es bueno, pero tampoco malo, es un ser fantástico que puede ser generoso como egoísta, tiene poderes para dominar el destino del minero, puede darle grandes riquezas y gratificaciones o puede hundirlos en la miseria, llegando a escarmentarlos hasta la muerte.

Cuentan algunos mineros que gozaban de su simpatía, porque le daban ofrendas, el llamado pago al Muqui y a la tierra, que cuando había algún peligro dentro de los socavones el Muqui lanzaba fuertes silbidos para alertarlos y que se pusieran a buen recaudo.
El significado de la palabra Muqui, según el quechua de diferentes partes de la sierra, puede significar, humedad (por tal motivo suele aparecer donde hay agua), o el que asfixia (asociándose al gas letal de determinados socavones). En Arequipa se le llama Chinchilco, en Puno, Anchancho, en Pasco Muqui y en Cajamarca, Jusshi.